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Lara Gut-Behrami celebra con el Globo de Cristal de Super-G tras proclamarse campeona de la Copa del Mundo 2025

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Lara Gut-Behrami: todo lo que no cabe en un palmarés

Cinco idiomas, cine, libros, amistades antiguas y una vida pública que la obligó a aprender dónde terminaba la campeona y comenzaba Lara.

Imagen de apertura: Rolex / Getty Images.

La carta con la que Lara Gut-Behrami anunció su retirada el 5 de agosto de 2026 contiene las victorias que cualquiera esperaría encontrar en la despedida de una gran campeona. Recuerda el oro olímpico de Pekín, los Mundiales de Cortina, su primer triunfo bajo la nieve de St. Moritz y aquella última sonrisa en la salida de Sun Valley. Sin embargo, la parte que mejor explica quién ha sido no está formada por carreras, sino por nombres.

Da las gracias a su padre por enseñarle a buscar soluciones; a su madre por acompañar incluso las empresas más improbables; a su hermano Ian por sostenerla cuando ni ella misma se soportaba; a su marido, Valon Behrami; a fisioterapeutas, entrenadores, skimen, colaboradores y amigos. Menciona a Sabrina, compañera desde la escuela primaria. Recuerda a quienes se levantaron de madrugada para verla competir sin necesidad de contarlo después en una red social. Y agradece a quienes, al escribir sobre ella, no olvidaron que antes que atleta era una persona.

Esa sucesión de nombres permite leer su carrera de otra forma. No como la historia de una esquiadora que acumuló trofeos, sino como la vida de una niña que entró en la Copa del Mundo a los dieciséis años, se convirtió demasiado pronto en un personaje público y necesitó mucho tiempo para recuperar espacios que no pudieran medirse en centésimas: una cena preparada en casa, una novela larga, una amistad antigua, un papel en una película o la libertad de no explicar cada decisión.

Lara Gut-Behrami deja la competición, pero no deja el esquí. Para comprender lo que termina y lo que permanece hay que mirar precisamente allí donde las clasificaciones no llegan.

DOS FORMAS DE LEER UNA MISMA CARRERA

Lo que mide la competición

Dorsales, centésimas, podios, Globos y medallas.

Lo que intenta contar este perfil

Idiomas, libros, cine, amistades, familia y el derecho a conservar una vida propia.

Una despedida escrita en nombres propios

El final deportivo no fue el que había imaginado. Lara había anunciado que la temporada 2025/26 sería la última y esperaba despedirse en los Juegos de Milano Cortina. El 20 de noviembre de 2025, durante un entrenamiento de super-G en Copper Mountain, sufrió una grave lesión en la rodilla izquierda. La rotura del ligamento cruzado anterior, del ligamento colateral medial y del menisco acabó con el invierno antes de que comenzaran las pruebas de velocidad.

Durante varios meses no afirmó que todo hubiese terminado. Su prioridad era recuperar la rodilla por completo y solo entonces decidir si todavía quería volver a ponerse un dorsal. Esa espera importa porque su retirada no fue una rendición ante la rehabilitación. Cuando anunció la decisión, explicó que después de casi veinte años de alta competición no padecía dolores recurrentes y no quería empezar a provocarlos por empeñarse en forzar otra vez el cuerpo hasta el límite.

En su carta oficial de despedida distinguió con claridad dos cosas que a menudo se confunden: dejar de competir y dejar de esquiar. El cronómetro exigía impactos, carga, dolor potencial y una disponibilidad absoluta. Esquiar, en cambio, seguía representando para ella algo natural, casi el lugar original al que podía regresar cuando desaparecían las obligaciones del oficio.

La carta también confirma cuánto había cambiado su forma de recordar. Su primer podio de Copa del Mundo llegó en St. Moritz en 2008, cuando cruzó la meta cayendo y terminó tercera con dieciséis años. El último fue otro tercer puesto, en Sölden, en octubre de 2025. Dos resultados idénticos en la tabla, pero no en su vida. En el primero había euforia, incredulidad y desconcierto. En el segundo, la conciencia de todo lo atravesado entre ambos.

Los periódicos resumieron la retirada con las cifras inevitables. Ella la explicó mediante relaciones, aprendizajes y pequeños recuerdos. Esa elección no borra su ambición. Durante casi dos décadas trabajó para ganar. Lo revelador es que al final ya no necesitara emplear la victoria como única medida de lo vivido.

La niña que creció entre cinco lenguas

Lara Gut nació el 27 de abril de 1991 y creció en Comano, cerca de Lugano, dentro de una familia en la que educación y deporte formaban parte de la vida cotidiana. Su madre, Gabriella, era profesora de educación física; su padre, Pauli, maestro y después responsable central de su formación sobre los esquís. Su hermano Ian también compitió en esquí alpino. Lara se calzó sus primeros esquís aproximadamente con un año y medio en Airolo, la localidad de la que procede la rama paterna de la familia.

El hogar tenía algo poco visible desde fuera: era bilingüe. En una entrevista concedida a Swissinfo cuando acababa de cumplir diecisiete años explicó que desde niña hablaba italiano y francés en casa. Su madre, de raíces italianas y austriacas, había crecido en el Jura francófono. El deporte añadió después el alemán, el inglés y el español. Lara no aprendió idiomas como un adorno curricular; los necesitaba para entrenar, viajar, hablar con la selección suiza y responder a medios de varios países.

Esa condición explica parte de su identidad. Era una esquiadora suiza que procedía del Tesino, se desenvolvía con naturalidad en diferentes culturas y no siempre sonaba igual en cada idioma. En un país articulado alrededor de cuatro regiones lingüísticas, una frase directa puede resultar normal en italiano, más abrupta al trasladarse al alemán y distinta de nuevo cuando se resume en francés. No todas las polémicas de su carrera nacieron de la traducción, pero su exposición pública se produjo en varios espacios mediáticos a la vez.

A los diecisiete años decía que esquiar seguía siendo un juego. La frase resulta valiosa no porque la competición fuese sencilla, sino porque muestra qué había antes de que el oficio lo invadiera todo. Su padre insistía en que el proceso era más importante que el resultado. Lara repetiría esa enseñanza una década después, cuando ya sabía hasta qué punto el deporte profesional tiende a reducir temporadas enteras a puntos, medallas y centésimas.

El multilingüismo se colaba incluso en sus sueños. En un cuestionario contó que normalmente soñaba en italiano, a veces en francés, inglés o español, y bromeó con que el alemán quedaba reservado para las pesadillas. También obtuvo la maturità federal y explicó que le gustaba escribir porque poner las ideas sobre el papel le ayudaba a ordenar el pensamiento. Son detalles menores para una ficha deportiva, pero importantes para entender a una mujer que siempre necesitó encontrar sus propias palabras.

Estudió en la escuela profesional para deportistas de élite de Tenero mientras construía una trayectoria excepcionalmente precoz. Su formación no consistió únicamente en cumplir órdenes. El equipo familiar observaba, preguntaba, probaba material y buscaba soluciones propias en colaboración con Swiss-Ski. Lara aprendió muy joven a participar en las decisiones sobre su carrera. Esa autonomía sería una de sus grandes fortalezas y también una fuente de conflicto cuando las estructuras esperaban obediencia, uniformidad o respuestas menos incómodas.

Detrás de la prodigio había además una adolescente curiosa, capaz de expresarse en cinco idiomas y acostumbrada a cambiar de registro según el interlocutor. Aquella facilidad no resolvía una cuestión mucho más difícil: saber quién era cuando tantas personas empezaron a describirla antes de que ella hubiera terminado de crecer.

UNA VIDA ENTRE LENGUAS

ItalianoFrancésAlemánInglésEspañol

No era un detalle curricular: era la forma cotidiana de moverse entre familia, selección, viajes y medios.

Ser personaje antes de ser adulta

El 2 de febrero de 2008, en su primera participación en un descenso de Copa del Mundo, Lara Gut estuvo cerca de ganar en St. Moritz. Perdió el control junto a la llegada, cruzó la meta después de caer y acabó tercera. La imagen viajó mucho más deprisa que ella. De un día para otro, la joven del Tesino dejó de ser una promesa conocida por los especialistas y se convirtió en una figura nacional.

Tenía dieciséis años. A esa edad, la seguridad que mostraba al hablar y la velocidad con la que esquiaba hicieron que muchos adultos olvidaran precisamente su edad. La prensa celebró su espontaneidad y, poco después, empezó a examinarla. Cada respuesta podía convertirse en prueba de madurez, arrogancia, simpatía o rebeldía. El personaje público se construyó antes de que la persona dispusiera de herramientas para protegerse.

Años después fue ella quien describió esa etapa con más precisión. En una entrevista de su archivo oficial reconoció que a los diecisiete años no estaba preparada para el papel público que le había tocado. Intentó defenderse mediante una combinación de reserva, cansancio y obstinación. Aquella coraza podía parecer seguridad desde fuera, pero generaba más malentendidos y la aislaba todavía más. También admitió que entonces responsabilizaba a los demás de no comprenderla sin percibir que podía elegir otra manera de comunicar sus límites.

Esa revisión adulta evita dos simplificaciones. Lara Gut-Behrami no fue siempre una víctima incomprendida ni fue la deportista difícil que algunos titulares fijaron para siempre. Tomó decisiones discutibles, respondió con dureza y mantuvo conflictos reales. En 2010, Swiss-Ski la suspendió durante dos carreras tras unas críticas públicas al entrenador jefe y varios desacuerdos internos. Ella reprochaba, a su vez, que los problemas se hubieran trasladado a la prensa antes de hablarlos directamente con ella. El episodio revelaba tanto su falta de experiencia como la complicada convivencia entre un proyecto personal muy autónomo y una federación con reglas comunes.

La atención constante tuvo un coste que tardó en reconocer. En 2016 contó que hubo una época en la que dejó de disfrutar y llegó a pensar en abandonar. Mientras muchos interpretaban su sonrisa como prueba de impermeabilidad, ella la utilizaba también como protección. Cuando optaba por guardar silencio después de una mala carrera, el silencio producía nuevos titulares. Si hablaba, cada palabra podía alimentar el mismo personaje del que intentaba escapar.

La diferencia entre la atleta y la persona se volvió central en 2017. Durante el calentamiento de la combinada de los Mundiales de St. Moritz se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda y se lesionó el menisco. La pausa obligatoria no convirtió por sí sola la adversidad en una lección, pero le concedió algo casi inexistente desde los dieciséis años: tiempo sin competición para observar cómo estaba viviendo.

Entonces explicó que había atendido demasiado a Lara la deportista y muy poco a Lara la persona. Lo más interesante no es la frase aislada, sino lo que hizo después: reorganizó su entorno, delegó obligaciones, recuperó aficiones y comenzó a proteger su intimidad de una forma menos reactiva. No dejó de ser exigente. Aprendió que exigirse no debía equivaler a desaparecer dentro del personaje.

Lara Gut con su medalla olímpica de bronce en Sochi 2014

LA PERSONA Y EL PERSONAJE

La campeona apareció ante el público antes de que la adolescente tuviera herramientas para protegerse.

Sochi 2014. Foto: Pakeha / Wikimedia Commons · CC BY-SA 3.0.

La vida que el calendario no podía medir

Durante la rehabilitación de 2017, una amiga llamó a la habitación de hotel en la que Lara estaba inmovilizada y le pidió que no se moviera: llegaría con sushi. Otra persona recorrió Lugano de noche buscando helado para que pudieran comerlo en casa. Son escenas pequeñas, pero precisamente por eso resultan reveladoras. La vida cotidiana había quedado durante años comprimida entre entrenamientos, desplazamientos, pruebas de material, patrocinadores y entrevistas. Cuando el cuerpo detuvo el calendario, reaparecieron los gestos que no producían rendimiento.

Lara volvió a cocinar y a leer. Entre los autores que mencionó estaban Ken Follett, Wilbur Smith, Jeffery Deaver y Carlos Ruiz Zafón. Le atraían las novelas extensas, de acción, misterio y personajes obligados a atravesar mundos complejos. No hace falta convertir esas preferencias en una explicación psicológica. Lo significativo es que la lectura le devolvía una experiencia ajena al resultado: un libro no pedía ser más rápida, no entregaba una clasificación al terminar y no exigía una justificación pública.

La cocina cumplía una función parecida. No era un plan de recuperación ni una herramienta de imagen, sino una actividad doméstica, concreta y compartible. Lo mismo ocurría con las amistades. Durante la preparación de una temporada pasó un sábado viajando hasta Venecia para animar a una amiga que corría el maratón. La amiga no necesitaba ganar para que el desplazamiento tuviera sentido. Esa lógica, tan normal fuera de la élite, contrastaba con un mundo en el que casi todo parecía tener que justificar su utilidad.

También protegía el sueño con disciplina. En invierno explicaba que procuraba estar en la cama a las diez y media porque no podía exigir cada día el máximo a su cuerpo sin dejarlo descansar. El detalle rompe dos imágenes opuestas y falsas: ni la campeona vive permanentemente en una épica de sacrificio, ni el disfrute consiste en ignorar las necesidades del alto rendimiento. Su madurez estuvo en reconciliar ambos mundos.

Sabrina, su mejor amiga desde la escuela primaria, aparece en dos textos escritos por Lara con ocho años de distancia. En 2018 recordaba que, después de dos décadas, seguían compartiendo sushi para llevar, mudanzas y vacaciones. En la despedida de 2026 volvió a nombrarla como la amiga de toda una vida. En un deporte donde equipos, entrenadores y calendarios cambian, esa continuidad ofrece una medida del tiempo muy distinta de las temporadas.

Lara llegó a decir que pasar una tarde con amigos, cocinar o leer podía parecer un lujo para una deportista profesional. Su propósito no era abandonar la exigencia, sino impedir que la carrera consumiera cada parte de la persona que la hacía posible. Fue un aprendizaje lento: primero obtuvo el derecho a ganar; mucho después se concedió el derecho a tener una vida que no necesitara servir a la siguiente victoria.

LA FRONTERA QUE APRENDIÓ A DIBUJAR

Lo que compartía

  • Entrenamiento y competición
  • Reflexiones profesionales
  • Resultados y evolución técnica

Lo que protegía

  • Familia y amistades
  • Rutinas cotidianas
  • La parte de su identidad que no debía convertirse en contenido

La esquiadora que también hizo cine

En 2012, cuando ya era una de las deportistas más reconocibles de Suiza, Lara Gut interpretó a Chiara en Tutti Giù, el primer largometraje de ficción de Niccolò Castelli. La película, presentada en el Festival de Locarno, seguía a tres jóvenes cuya identidad estaba atravesada por el deporte, la incertidumbre y el paso a la edad adulta. Chiara era una esquiadora de diecisiete años que alcanzaba la fama mientras perdía intimidad y soportaba la presión de los medios, los patrocinadores y su propio entorno.

La proximidad con su biografía era imposible de ignorar. Lara no aparecía en una producción deportiva haciendo de campeona, sino dentro de una ficción que preguntaba qué sucede cuando el éxito llega antes de que una persona haya terminado de descubrirse. La experiencia añadió otra capa a una cuestión que la acompañaría durante años: la distancia entre quien uno es, el personaje que los demás construyen y la imagen que finalmente circula en público.

Años después volvió a colaborar con Castelli en Looking for Sunshine. El título recuperaba “Sunshine”, el apodo asociado desde joven a su sonrisa. El documental siguió un año de su vida, desde el Globo general de 2016 hasta la lesión de 2017 y la preparación del regreso. No estaba concebido como una enumeración de victorias, sino como una observación de la tensión entre realización personal y expectativas públicas. La cámara entraba en el universo de la campeona para encontrar a la mujer que debía aprender a protegerse sin desaparecer.

El cine tampoco fue una excentricidad aislada. Lara participó durante años en la estrategia de su comunicación, su página web, sus compromisos comerciales y sus redes. Aquel control le permitió decidir cómo quería presentarse, pero añadió una carga invisible: entrenar y competir mientras actuaba como responsable de una pequeña empresa personal.

Tras la lesión de 2017 reconoció que había acabado siendo más gestora que atleta. Se ocupaba de medios, patrocinadores, agenda y decisiones que llenaban el teléfono y la bandeja de entrada. Delegar en profesionales no fue un simple ajuste administrativo; le permitió concentrarse de nuevo en aquello que solo ella podía hacer: esquiar.

Su relación con las redes sociales siguió una regla especialmente clara. Antes de publicar algo se preguntaba si pertenecía a su actividad deportiva o únicamente a ella. Quería conservar las relaciones familiares y amistosas como experiencias compartidas con las personas implicadas, no como contenido para un teléfono. Esa frontera explica por qué el público conoce menos de su vida privada que de la de otras estrellas contemporáneas. No es ausencia de vida, sino una decisión sobre quién tiene derecho a verla.

También desconfiaba de la representación pública de la amistad. En 2022 cuestionó las felicitaciones inmediatas en redes cuando funcionan más como demostración ante los demás que como afecto real. Para ella, la alegría auténtica podía aparecer en un abrazo sin cámaras en el pasillo del cuarto de esquís o en alguien que se levantaba de madrugada para ver una carrera sin anunciarlo después. Era una observación incómoda dentro de un deporte cada vez más convertido en escaparate, pero coherente con toda su evolución: aprender a diferenciar lo que se vive de lo que se muestra.

Lara Gut-Behrami durante la Copa del Mundo de gigante de Soldeu en 2024
Lara Gut-Behrami en Soldeu durante la temporada 2024. Foto: Tournasol7 / Wikimedia Commons · CC BY 4.0.

El pequeño mundo que la sostuvo

La historia de Lara Gut-Behrami suele presentar a Pauli Gut como padre y entrenador. Ambas cosas fueron inseparables durante buena parte de su formación, pero la relación no puede reducirse al tópico del progenitor que fabrica una campeona. Lara lo describe como la persona que le enseñó a buscar soluciones y a valorar el proceso. Pasaron incontables horas analizando técnica, trazados y material. Esa proximidad generó una estructura atípica alrededor de una adolescente y también una forma de trabajo en la que ella aprendió a participar activamente.

Gabriella, su madre, aparece menos en los resúmenes deportivos, aunque Lara la sitúa como referencia constante. En sus cartas le agradece haberle permitido recuperar el papel de hija, seguirla en proyectos poco convencionales y ofrecer un refugio familiar cuando el deporte ocupaba demasiado espacio. Ian, su hermano, fue corredor y compañero de una experiencia que muy pocas personas podían comprender desde dentro. Ella lo ha definido como quien conseguía hacerla reír y sostenerla incluso en sus momentos más difíciles.

El núcleo se amplió con los años. Los skimen Babi y Tom aparecen en la despedida por las discusiones interminables destinadas a mejorar el material. Lara ha insistido en que el trabajo del skiman recibe menos reconocimiento del que merece: es quien transforma ideas técnicas en esquís capaces de responder y quien acompaña a la corredora hasta el último momento antes de la salida. Para una atleta tan sensible a las respuestas del material, esa relación era de confianza, debate y precisión, no un servicio anónimo entre bastidores.

Después de 2017, fisioterapeutas, preparadores y responsables de comunicación formaron una red más organizada. Giulia, descrita por Lara como mucho más que una jefa de prensa, asumió entrevistas, citas y problemas que antes recaían sobre la propia atleta. Esa “mano extra” modificó su día a día. El cambio también desmonta la idea del campeón autosuficiente: en la élite, la independencia real no consiste en hacerlo todo solo, sino en saber qué decisiones conservar y qué cargas compartir.

Lara se mostró escéptica con la expresión “familia del esquí”. Una familia, por definición, permanece cuando alguien está lesionado o deja de ser útil para la competición; el circuito, en cambio, continúa y sustituye rápidamente a quien se marcha. La afirmación no niega que existan afectos. Precisamente por distinguirlos de la cordialidad profesional, concedía un valor especial a las amistades auténticas.

Mencionó a la exesquiadora austriaca Anna Veith como una amiga con la que podía hablar de todo y cuya relación continuó después de la retirada de Veith. También acompañó a la tenista suiza Timea Bacsinszky en momentos importantes de su carrera; Bacsinszky llegó a llamarla su amuleto de la suerte durante el torneo de Miami de 2016. Alrededor de Lara no había una multitud homogénea, sino círculos diferentes: familia, amistades antiguas, deportistas concretas y profesionales escogidos por su competencia y lealtad.

Valon Behrami entró en su vida cuando ella tenía veintiséis años. Lara ha contado que la relación le dio seguridad y un espacio en el que podía hablar con vulnerabilidad sin temer que esa apertura fuera utilizada en su contra. Conviene no transformar el matrimonio en la explicación de su madurez ni reducir su segunda etapa deportiva a una historia romántica. El cambio ya incluía una lesión, años de aprendizaje, una reorganización profesional y decisiones propias. Valon fue una parte importante de ese proceso porque le ofreció una vida compartida fuera del resultado, no porque sustituyera la identidad que ella había construido.

En 2025, poco antes de la que esperaba que fuera su última temporada, Lara dijo que deseaba transmitir algún día a sus hijos el amor por el esquí. La frase miraba más allá de la competición sin convertir el futuro en un plan cerrado. En su despedida volvió a colocar a ambas familias como sostén y refugio. La atleta que había parecido tan individualista acabó describiendo su recorrido como una obra profundamente colectiva.

Lo que queda fuera del palmarés

Las cifras pertenecen a esta historia, aunque no la explican. Lara Gut-Behrami terminó su carrera con 395 salidas en Copa del Mundo, 48 victorias y 101 podios. Ganó dos veces la clasificación general, seis Globos de super-G y uno de gigante. Consiguió un oro y dos bronces olímpicos, además de nueve medallas mundiales. Esos datos, contrastados con el registro oficial de la FIS, sitúan su dimensión histórica. No cuentan por sí solos por qué duró tanto ni por qué su trayectoria tuvo varias vidas.

CONTEXTO, NO ARGUMENTO CENTRAL

395salidas en Copa del Mundo
48victorias
101podios
9medallas mundiales

La primera vida fue la de la adolescente que parecía no conocer el miedo y a la que el país exigió madurez porque confundió éxito con adultez. La segunda, la de una campeona capaz de ganar la general mientras todavía intentaba comprender qué precio estaba pagando. La tercera llegó después de 2017: una deportista que siguió siendo ambiciosa, pero empezó a escuchar el cuerpo, delegar, leer, cocinar, cuidar amistades y separar su intimidad del escaparate.

Su esquí también habla de esa evolución. Desde una lectura técnica, Lara era extraordinaria por la economía: podía producir velocidad sin llenar la curva de gestos innecesarios. El tronco se mantenía estable mientras las piernas absorbían, inclinaban y gestionaban presión; la línea parecía directa porque muchas decisiones se habían resuelto antes de que apareciera la urgencia. En super-G, su disciplina más identificable, no daba la impresión de luchar contra el terreno, sino de aceptar la aceleración allí donde la trayectoria estaba bien preparada. Quien quiera profundizar en esa forma de observar puede encontrarla en nuestro análisis del movimiento de un esquiador.

Pero incluso su técnica conduce de nuevo a la persona. Lara podía hablar media hora de lo que sucede en una décima de segundo. Probaba material, cuestionaba soluciones y buscaba una curva más limpia aunque ya hubiera ganado casi todo. Su padre le había enseñado a concentrarse en el proceso. Al final de la carrera, ese principio dejó de pertenecer solo al entrenamiento: también aprendió a valorar el proceso de vivir.

Su futuro ya había empezado a tomar forma antes de la retirada. En 2025 se convirtió en coinversora y asesora estratégica de KA-EX, una empresa suiza vinculada a la nutrición y la recuperación deportiva. Presentó la decisión como una oportunidad para aprender y participar, no simplemente para prestar su imagen de campeona. El movimiento no permite anticipar cuál será su siguiente profesión, pero encaja con alguien que durante años gestionó patrocinadores, comunicación y estrategia propia, y que conoce tanto la exigencia del deporte como los límites de convertir toda identidad en una marca.

No sabemos todavía qué lugar ocupará el esquí en su vida pública. Sí sabemos, porque ella lo ha dicho, que continuará en su vida privada. Esa diferencia es probablemente la última conquista de Lara Gut-Behrami: poder volver a la nieve sin que cada curva deba demostrar algo, sin que una clasificación determine si el día ha merecido la pena y sin que el mundo tenga derecho automático a acompañarla.

En 2008 dijo que esquiar era un juego. Después fue profesión, exposición, conflicto, oficio, libertad recuperada y una forma de entenderse. En 2026 eligió conservarlo antes de que el dolor pudiera deformar el recuerdo. Su despedida termina con seis palabras sencillas: «No veo la hora de esquiar».

No hay dorsal en esa frase. Tampoco hace falta.

Fuentes esenciales

Este perfil se ha construido a partir de declaraciones directas, archivos oficiales y medios suizos. Las cifras deportivas se han contrastado con la FIS.

Imágenes: Tournasol7 (CC BY 4.0) y Pakeha (CC BY-SA 3.0), vía Wikimedia Commons. Los créditos y licencias se conservan en cada pie de foto y en la biblioteca de medios.